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A propósito del coronavirus

A propósito del coronavirus

  • 24-6-2020 | Wolters Kluwer |

    Juan A. Gómez Trinidad

  • «Reflexionar sobre la muerte nos llevaría a distinguir lo importante de lo superfluo. Y aquí surge la pregunta, incómoda, pero de máxima actualidad: ¿estamos enseñando cómo afrontar la muerte en la educación actual, o más bien evitamos abordar la pregunta más radical y lo que comporta?»
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Juan A. Gómez Trinidad

Estamos viviendo un momento histórico que podremos narrar en primera persona en el futuro. La pandemia del coronavirus ha afectado a las estructuras económicas, sociales, políticas, culturales y educativas. Muchas cosas cambiarán a partir de ahora; no sabemos bien qué y cómo, pero cambiarán.

Sin embargo, cabe la posibilidad de que en el fondo, todo siga igual si no profundizamos en la causa de esos cambios. ¿Qué ha provocado estas consecuencias? ¿El propio virus? Creo que no. Es algo mucho más radical que Occidente intenta por todos los medios olvidar o ignorar: la muerte. Hemos sentido su cercanía, miles de muertos en nuestro país, cientos de miles de muertos en el mundo, y la posibilidad de que nos afecte en primera persona o en los seres más próximos. Esto es lo que realmente conmociona.

La muerte forma parte de la vida, es lo normal, es más, podría decirse que la vida es algo absurdo en un Universo que tiende hacia su enfriamiento, hacia la entropía universal.

Por ello es lógico que los seres vivos de cualquier reino y especie mueran, incluido los humanos: casi 150.000 personas mueren cada día en todo el mundo y algo más de 1.100 en España. En cualquier caso, el individuo no puede sobrevivir, sólo lo hace la especie. Schopenhauer, con la contundencia y pesimismo que le caracteriza, afirma: «En el fondo, somos algo que no debería ser, por eso cesamos de serlo un día».

Sin embargo, esa lógica se vuelve absurda cuando se aplica a uno mismo o a los seres queridos. Todo el mundo cree que los demás son mortales, pero nadie cree en serio que él mismo vaya a morir. Y ante la proximidad de la propia muerte, o la de un ser querido, se produce una de las experiencias y reflexiones más profundas que cabe tener. Es lo que ocurrió a San Agustín cuando murió un amigo a los dieciocho años: se da cuenta de que la propia existencia y su fragilidad son el principal problema de la vida y el origen de la filosofía. El propio Schopenhauer afirma: «Sin la muerte el hombre no hubiera empezado a filosofar».

De la muerte nadie tiene experiencia propia, a lo más, podemos presenciar la muerte de otros y sentir la dureza de la misma cuando fallece alguien a quien amamos. Por ello es normal que nos produzca dudas y cierta angustia. No es de extrañar que autores como Platón o Cicerón, ante la radicalidad de la pregunta sobre la muerte, y sus posibles consecuencias, hayan planteado la vida como una meditación para la muerte.

En los grandes pensadores y maestros de la espiritualidad esta toma de conciencia de la fragilidad de nuestra existencia y del olvido de la misma se sintetizaba en la expresión: memento mori, «recuerda que vas a morir», pero que en otro sentido puede traducirse como «aprende a morir». En ello consiste la buena filosofía, al decir de Montaigne ya que «Si el hombre enseñase a morir, enseñaría a vivir».

Tener conciencia de la muerte supone plantearse inmediatamente qué significa para cada uno vivir, qué proyecto de vida tenemos, cómo nos gustaría que nos recordasen, qué haríamos si tuviésemos una segunda oportunidad o si supiéramos que los días que nos quedan son escasos. Reflexionar sobre la muerte nos llevaría a distinguir lo importante de lo superfluo, lo real de lo aparente, lo que nos debe ocupar y no preocupar. En definitiva, apreciar la vida y su fragilidad.

«Reflexionar sobre la muerte nos llevaría a distinguir lo importante de lo superfluo, lo real de lo aparente, lo que nos debe ocupar y no preocupar. En definitiva, apreciar la vida y su fragilidad»

Y aquí surge la pregunta, incómoda, pero de máxima actualidad: ¿estamos enseñando cómo afrontar la muerte en la educación actual o más bien evitamos abordar la pregunta más radical y lo que comporta?

Un reciente estudio publicado por varios profesores de la Universidad Autónoma de Madrid, titulado: «¿Está la muerte en el currículo español?» da respuesta a este interrogante. La conclusión es que, más allá de alusiones puntuales en determinadas materias, el enfoque habitual de la educación parece adolecer de «miopía epistémica, al polarizarse en lo cercano, lo contextual, lo inmediato, lo demandado y excluir, de facto, no sólo un tema tan trascendental como la muerte, sino otros retos formativos cuyo factor común es la educación de la conciencia».

«El enfoque habitual de la educación parece adolecer de "miopía epistémica, al polarizarse en lo cercano, lo contextual, lo inmediato, lo demandado y excluir, de facto, no sólo un tema tan trascendental como la muerte, sino otros retos formativos cuyo factor común es la educación de la conciencia"

Existen muchas razones para justificar la presencia de la muerte en la educación. En primer lugar, la radicalidad de la pregunta y sus posibles repuestas que nos afectan a todos y a cada uno personalmente. En segundo lugar, los efectos sobre la convivencia, la madurez, la comprensión de la vida humana y del dolor que supone la separación definitiva. Elementos sin los cuales no es posible una educación sólida y solidaria.

Hay otra razón, si se quiere secundaria, pero no menos importante: los miles de muertos de la pandemia, suponen otros muchos más miles de amigos, familiares y conocidos, muchos de ellos niños y jóvenes que deben afrontar el duelo de la despedida definitiva de sus seres queridos. El sistema educativo, especialmente los profesores y educadores deben estar preparados para acompañar en circunstancias tan especiales. Hay que celebrar en este sentido la también oportuna aparición en el 2019 de una guía que recomiendo a todos los educadores: "El duelo en el ámbito escolar. Guía para educadores" publicada por Escuelas Católicas.

Mucho se ha hablado de la sociedad de la información, de las posibilidades que ofrece al hombre y a la sociedad actual, pero más allá de todo ello, sería una desgracia que la información no decante en conocimiento y sobre todo en sabiduría. Esta sólo se alcanza cuando, al menos, se plantean los grandes interrogantes sobre la vida y la muerte.

Aprovechar el verano para, a la luz de los acontecimientos recientes, leer a los grandes pensadores y reflexionar sobre la muerte es un buen medio para alcanzar una educación y una vida plenamente humana.

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