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Apps y herramientas TIC en e l aula I

¿Qué va primero, la tecnología o la metodología?

Apps y herramientas TIC en e l aula I

Escuela, Sección Comunidad Educativa, 15 de Octubre de 2015, Editorial Wolters Kluwer

  • Tomás Loyola Barberis
  • Introducir herramientas TIC y apps en las aulas no mejora el aprendizaje si es que no se toman las medidas necesarias para que eso ocurra. ¿Cuáles son? Hablamos de los desafíos y posibilidades que enfrentan a diario con sus protagonistas
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El modelo tradicional de enseñanza está en jaque. Decirlo así no es para crear alarma, pero sí para poner en evidencia un escenario probable, si no presente, donde las nuevas tecnologías han ido cobrando protagonismo cada vez más hasta modificar no solo la vía de acceso a la información o la manera de hacer deberes y ejercicios, sino también la posición del profesorado dentro del aula. Dada la relevancia de este tema y las múltiples aristas desde los cuales puede ser abordado, hemos preparado una serie de dos reportajes que serán publicados en dos números de ESCUELA: este que tiene entre manos y el que aparecerá en el próximo número.

Los profesionales de la educación consultados coinciden en destacar la actitud positiva de alumnas y alumnos ante la utilización de aplicaciones informáticas, pero eso no asegura ni el aprendizaje ni que el interés se mantenga en el tiempo. Entre los desafíos que mencionaron están no solo los de carácter técnico –mejorar la conexión inalámbrica a Internet en todo el recinto escolar–, sino también los pedagógicos –qué hacer para incorporar de forma eficiente la tecnología en los procesos de enseñanza-aprendizaje, qué metodología o corriente educativa seguir, qué rol deberían asumir como docentes–, los espaciales –proyectar la movilidad del alumnado más allá de los muros del aula hacia todo el centro y hacia el entorno inmediato– y los actitudinales –por parte del alumnado, en cuanto a comprender y asumir que las herramientas TIC no son un juguete; por parte del profesorado, para entender que la tecnología desafiará su posición y le pondrá a prueba como facilitador del aprendizaje y no como fuente de información y de contenidos–.

“Las TIC están presentes en forma de ordenadores, tabletas, teléfonos inteligentes, etc., en las actividades cotidianas de la mayoría de las personas, facilitándonos la realización de un gran número de actividades y cambiando nuestra forma de trabajar, de acceder al conocimiento, la forma de relacionarnos, de divertirnos, y en general de participar en la sociedad”, dice el informe Apps gratuitas para el entrenamiento cognitivo y la comunicación, publicado por el Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas (Ceapat) en marzo.

Y continúa afirmando que “su impacto en todos los ámbitos sociales es evidente y afecta a todos los colectivos, si bien son los niños y jóvenes los que en mayor medida están marcados por este desarrollo tecnológico y mejor se desenvuelven en él”. ¿Qué hacer entonces con las niñas, niños y jóvenes que viven permanentemente conectados a las TIC? Juan José Vergara, maestro y pedagogo especializado en metodologías activas de aprendizaje, explica que deberíamos aprender a convivir de forma natural con la tecnología, incluso dentro del aula. Y es aquí donde se producen los mayores roces respecto a su alcance, usos, responsabilidades y desafíos: ¿son herramientas de utilidad en el aula? ¿Se debe potenciar o limitar su uso entre las paredes del centro? ¿O más bien se debería fomentar?

Vergara apuesta por la convivencia natural, sobre todo porque “hablamos de dispositivos que funcionan las 24 horas de día, que van en los bolsillos de cada uno de forma permanente. Entonces, ¿cómo vamos a exigir que estén apagados y guardados durante las horas de clase?”.

Cuando la tecnología llega al aula

Si se tuviera que trazar una línea de tiempo para comprender cómo han entrado las TIC a los centros educativos, habría que empezar por las aulas de informática que, en muchos casos, parecían estar poco preparadas para generar nuevas corrientes de conocimiento, formas distintas de aprendizaje o enseñanza; o, directamente, grandes cambios metodológicos. La falta de presupuesto para el mantenimiento y la conectividad a la Red también fueron protagonistas de las intenciones de los gobiernos –central y de los autonómicos– por dotar al alumnado de equipamiento tecnológico. Diversos programas y proyectos llenaron las aulas de portátiles, pero no mejoraron mucho el acceso a Internet ni la movilidad de los equipos dentro del centro. Luego llegaron las pizarras digitales interactivas (PDI) y, últimamente, dispositivos como lectores de libros electrónicos o las tabletas con sus aplicaciones informáticas (apps).

Pero la dotación de equipos no es la respuesta final. “Falta formación para el profesorado en general, particularmente para aquellos que se sienten amenazados por la tecnología y sus usos”, comenta Juanjo Vergara. De igual manera opina Ana Municio, maestra de Infantil y Primaria en Madrid, quien afirma que “los profesores han de formarse en estos momentos en metodologías activas que, de la mano de las TIC puedan responder al aprendizaje que necesitan hacer los alumnos de hoy”. Y son precisamente estas metodologías las que, por ahora, parecen funcionar mejor junto con la tecnología y los cambios que esta genera potencialmente en la relación alumno-profesor, con el centro, con el entorno y con la familia.

Así lo cree al menos Juan Francisco Álvarez, profesor de Física y Química en Alcoy: “La formación del profesorado debería estar centrada en la metodología y no en las herramientas. Fundamentada en crear grupo, en concienciar y adquirir una actitud predispuesta a cambiar las cosas”.

Y es que la entrada de las TIC al aula ha provocado que la posición del docente se vea empujada a un cambio inminente, desde la clase magistral hacia una figura de facilitador, de ser quien motiva la búsqueda y la construcción de un conocimiento individual y colectivo a la vez, donde el alumnado pasa de ser un recipiente pasivo de información a ser el motor de su propio aprendizaje. Por eso los profesionales hablan de un cambio necesario en las metodologías y, por supuesto, también en la formación docente, tanto en la inicial como en la permanente. “La formación inicial docente debe ser muy estricta, debe haber gente muy bien formada y una inmersión TIC durante todo el proceso formativo. Si eso se hace bien, el profesor llegará al aula formado y con un bagaje en TIC medio-alto, suficiente para responder a las necesidades educativas que plantea la sociedad de la información”, comenta Raúl Céspedes, investigador de la Universidad de Murcia que actualmente prepara una tesis doctoral en Innovación e Investigación Educativa sobre la integración de las TIC en educación.

Pese a las carencias actuales que tienen los cuerpos docentes en cuanto a la formación en herramientas TIC y, peor aún, en cuanto a la utilización de aplicaciones informáticas –con una alta concentración de profesionales en los rangos de edad más altos, sobre todo después de las políticas de recortes de los últimos años en prácticamente todo el territorio–, hay estudios que afirman que la disposición general del profesorado hacia su incorporación en los procesos pedagógicos es bastante positiva.

“La inmensa mayoría de los docentes encuestados (más del 80%) opina que las TIC en el aula no están provocando un aumento de la distracción del alumnado, y que no representan un esfuerzo añadido a su labor docente o que les provoque que se sientan perdidos o confusos en la gestión de la clase”, sostienen Manuel Area, Ana L. Sanabria y Ana Mª Vega en Las políticas educativas TIC (Escuela 2.0) en las comunidades autónomas de España desde la visión del profesorado (2013).

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Si bien es cierto que los y las docentes perciben un impacto en el aprendizaje, mejorando ciertos aspectos como la motivación del alumnado y las competencias digital y de gestión de la información, muchos concuerdan en que todavía no se perciben avances importantes en la comunicación o la expresión, ni siquiera en la disposición natural al trabajo colaborativo, argumenta la misma investigación. De ahí que sea relevante preparar a quienes deben liderar el cambio pedagógico en el aula cada día, para favorecer la evolución hacia esas metodologías que, favorecidas con los usos de las nuevas tecnologías, puedan preparar a los ciudadanos del futuro.

De poco sirve sustituir una herramienta por otra si es que no existe un cambio en la dinámica actual del aula, en la forma de trabajar los temarios, de evaluar, de los deberes o en las actividades... Tal como explica Manel Sayrach, profesor y coordinador TIC, no es suficiente con cambiar “el libro en papel por contenidos digitales o sustituir el libro por un montón de apps de aprendizajes específicos. Creo que el verdadero cambio se debe dar en qué aprenden las niñas y los niños, y cómo lo hacen”. Y ese cambio requiere de un esfuerzo de toda la comunidad educativa. Muestra de ello es el Proyecto #Guappis (http://proyectoguappis.blogspot.com.es), una iniciativa docente en la que se crea un espacio colectivo para hablar de apps y de dispositivos móviles, y la forma de integrarlos en el aula basándose en sus propias experiencias y en la creación de conocimiento conjunto.

“Siendo evidentes los esfuerzos realizados en inversión tecnológica y formación del profesorado por parte de las administraciones educativas en los últimos años, la realidad nos transmite que las buenas prácticas y la innovación educativas apoyadas por las TIC no siempre están sirviendo para mejorar y transformar la realidad educativa”, concluye el artículo Factores que dificultan la integración de las TIC en las aulas, publicado por Alicia González y Juan de Pablos, de las universidades de Extremadura y de Sevilla, respectivamente. Para los autores, está comprobado que la inversión en tecnología no implica un “cambio pedagógico significativo y permanente”. Es decir, que el problema no estaría en la mano ni del alumnado ni de los cuerpos docentes, sino de los propios centros educativos que deben impulsar y propiciar la innovación dentro de sus muros, y de la Administración educativa que debe promover un aprovechamiento eficaz de todos los procesos de enseñanza-aprendizaje con las distintas herramientas disponibles.

Usos

La Guía Práctica de la Educación Digital, dada a conocer la semana pasada en Madrid, es un trabajo que ha unido al Ministerio de Educación, Cultura y Deportes y al proyecto Samsung Smart School, y que pone atención en la dinámica y experiencias de docentes de toda España en cuanto al uso y penetración de la tecnología en el aula, tanto para el alumnado como para sus familias y para el profesorado. A modo de conclusión, se puede reconocer la necesidad de plantear la utilización de la tecnología de forma inteligente, es decir, ponerla al servicio del proceso educativo y no al revés.

En primer lugar, explican sus autores, esto se debe a que la tecnología en sí misma no genera un cambio metodológico ni es la solución a los problemas de aprendizaje. “La tecnología cobra sentido si se concibe como parte de una estrategia, de un plan que le dé sentido educativo a las tabletas”, argumentan en el informe. Y esto, además de un cambio metodológico que si bien no es urgente se debe tener en mente, debe ir acompañado de un desarrollo de la competencia digital que va mucho más allá de una mera competencia técnica.

En segundo lugar, hay una lista de tareas pendientes que deben acompañar al proceso digitalizador del aula, como un proyecto educativo de centro en vez de iniciativas individuales que no se sabe qué continuidad tendrán en el futuro. Pero también hay desafíos que se repiten comúnmente en esta discusión, como la criticada falta de conectividad en todos los espacios, que es un punto de mejora mencionado prácticamente por todos los docentes consultados; la movilidad dentro y fuera del centro, y los relativos a la seguridad del acceso y uso de las aplicaciones y herramientas, donde se debe educar necesariamente al alumnado en los riesgos a los que podrían exponerse y en las responsabilidades que conlleva la tecnología, pero también a sus familias.

Por último, el estudio añade que debe haber un cambio de actitud desde y hacia la tecnología por parte del docente, quien se verá obligado a cambiar su rol dentro del aula y, además, tendrá que realizar un trabajo permanente e intensivo en cuanto a las herramientas y aplicaciones, para que estas se ajusten de la mejor forma a los programas y currículos. La tecnología ofrece un reto muy desafiante al profesorado: su integración educativa. Y es aquí donde surgen las principales críticas y limitaciones respecto de las opciones que actualmente ofrece el mercado. De ellas hablaremos la próxima semana.

Tecnología y metodología

Si bien es cierto que ninguna es consecuencia de la otra, es verdad que la irrupción de la tecnología en el aula ha generado una disonancia entre el modelo habitual de clase y ciertas metodologías que se pueden valer mejor de una mayor autonomía del alumnado, y de la libertad y movilidad que ofrecen los nuevos dispositivos.

No obstante, los profesionales consultados comentan que, para generar un cambio metodológico, es necesaria una labor conjunta de la Administración educativa, de la dirección del centro, del claustro de profesores, de las familias y del alumnado. En caso contrario, todos los esfuerzos serán en vano y, en algún momento, ese “desajuste” hará que el sistema falle y no se consigan los objetivos esperados.

Coinciden también en que utilizar la tecnología como un libro de texto más o como una simple pantalla de reproducción de diapositivas, es seguir un camino incorrecto que no lleva a mejoras ni a incrementar la motivación. Por eso es necesario plantearse la pregunta: ¿cómo esta app puede hacer lo que yo quiero conseguir?, dice Juanjo Vergara, y no adaptar el formato a lo ya existente. Y esto requiere una actitud más activa, inquisidora y creativa por parte del profesorado, para encontrar aquello que realmente aporte al proceso educativo y no sea un mero adorno o un simple canal, pero que también debe contar con el apoyo de toda la comunidad educativa.

Afirma Manel Sayrach que “ahora mismo el cambio se está produciendo de abajo a arriba, y pienso que no hay vuelta atrás. ¿Y la tecnología? Otra herramienta más, eso sí, imprescindible en pleno siglo XXI, que tiene que integrarse dentro del aula de forma natural”. Parece que el cambio es inevitable, pero nadie realmente sabe cómo será ni hasta dónde llegará y, mientras falte una voluntad única o al menos una declaración de objetivos comunes, tampoco sabemos qué efectos generará –o no– en los procesos de enseñanza-aprendizaje que conocemos ahora. De momento, sí está claro para los profesionales que los dispositivos móviles, como reproductores de otros canales (pizarras, libros, ordenadores), no tienen mucha utilidad y que su aprovechamiento dependerá de la capacidad de generar nuevas formas de trabajo, de acceso al conocimiento y de nuevas dinámicas (aprendizaje basado en proyectos o aprendizaje servicio, por mencionar algunas). De lo contrario, sería reproducir el mismo modelo actual, sin generar un cambio educativo sustancial.

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