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Todo lo bueno es pecado o engorda

Todo lo bueno es pecado o engorda

Escuela, Sección Comunidad Educativa, 1 de Octubre de 2015, Editorial Wolters Kluwer

  • Juan José Vergara Ramírez
  • Los deberes son una auténtica tortura para el alumnado y sus familias. Existen otras formas de conseguir que chicas y chicos hagan el esfuerzo necesario para su propio aprendizaje que no pasan por enviarles a casa con tareas que, además, tendrán a toda la familia en tensión.
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Me gusta ir de camping. Es una fantástica forma de desconectar por unas semanas de algunas de las obligaciones del día a día del curso. Tanto es así, que en los últimos años he tenido ocasión de recorrer buena parte de Europa desde Tavira a Vilna y La Rochelle a Budapest. Algo que he podido comprobar en mis viajes es que en todos estos espacios las gentes reproducen sus hábitos más cotidianos.

Este pasado agosto he visitado la privacidad transparente de algunos campings españoles. En ellos, las familias convivían en un espacio más reducido de lo que están habituados en sus hogares el resto del año. Cocinaban en pequeños fogones, habitaban en pocos metros cuadrados y sus actividades cotidianas se reducían al máximo: fregar los platos, hacer las comidas, jugar con los más pequeños, asearse, organizar las visitas turísticas y, algo que ha sido una constante en todas las familias que he podido observar, hacer los deberes de verano.

Ser docente y ver la imagen de un padre o madre sentado en una silla plegable al lado de su hijo que se recuesta aburrido sobre una mesa plegable garabateando en un cuaderno de verano es descorazonador. Y mucho más ver como decenas de padres y madres alternan la paciencia con la desesperación ante algo inevitable: ayudar a hacer los deberes.

Hace ya más de un mes que abandonamos la privacidad transparente de los campings. Sin embargo las caras de ansiedad de familias y alumnos en torno a los deberes sigue siendo la misma. Se ha iniciado un nuevo curso y con él, nuevamente, los deberes.

A principios de septiembre recibía el mail de Eva Bailén, una madre que a finales del pasado curso protagonizaba –en Change.org– una demanda, a mi juicio, bastante sensata. Pedía que se racionalizaran los deberes escolares. Que las administraciones educativas y los propios centros regularan la carga que alumnos y familias deben soportar diariamente, y no depender de la arbitrariedad del docente que les cayera en gracia o la obsesión del centro por mejorar los resultados en las pruebas externas a suerte de presionar a unos y otros.

Todo este asunto de los deberes me traía una vez más a la cabeza el error monumental que la cultura del esfuerzo ha propagado como una epidemia entre familias, docentes, directivos de escuelas y legisladores educativos.

En los últimos años, es común escuchar la defensa –enérgica y envarada– del valor del esfuerzo en el aprendizaje. Normalmente suele hacerse asociada al pensamiento más conservador en educación, justificando la disciplina, la enseñanza memorística y el control externo del aprendizaje. También parece que este término es contrario al placer. La herramienta estrella de esta metodología de la enseñanza del esfuerzo son los deberes escolares. Esas dosis de esfuerzo alienante que los escolares y sus familias deben asumir como la letra de la hipoteca educativa que deben pagar día a día para conseguir finalmente su sueño: obtener una calificación óptima.

Y es que vivimos una enfermiza cultura que asocia el esfuerzo al sufrimiento y al aburrimiento. Según esta forma de ver las cosas, cuando nos esforzamos colocamos el placer en un futuro más o menos alejado. Quieren convencer a los alumnos que, aunque se aburran ahora, obtendrán el placer de excelentes trabajos en el futuro, el dominio de distintas lenguas o el ansiado acceso a la Universidad. Un esfuerzo ligado a la realización de actividades aburridas, tediosas, repetitivas, que nada aportan a la vida diaria de nuestros escolares. Una autentica obligación para ellos y sus familias: los deberes.

Están equivocados: El esfuerzo no tiene por qué estar reñido con el placer. Es más; no debería estarlo nunca.

Cuando programamos un viaje con nuestra familia dedicamos un gran esfuerzo buscando itinerarios que respondan a los intereses de todos. Seleccionar el destino exige informarse y evaluar. Indagamos sobre actividades, lugares de visita cultural y de ocio. Hacemos una intensa búsqueda para asegurarnos qué es económicamente rentable y qué merece el esfuerzo realizado. Dedicamos tiempo en esta tarea. Preguntamos a conocidos sobre los posibles destinos. Leemos, vemos películas, documentales. En este –como en tantos otros de la vida–, el placer está asociado íntimamente con el esfuerzo.

Sin duda hay que entrenar habilidades, pero de ninguna manera imponiendo deberes que son vividos por aprendices y familias como una tortura. El aprendizaje debe ser algo emocionante. Debe responder a las necesidades de los alumnos. La tarea de los docentes es provocar esa necesidad y ofrecer las herramientas para hacerlo. Imponer el aprendizaje solo provocará que una vez más, el cerebro escupa aquello que no le es útil.

Nuestros niños y jóvenes aceptan con gusto retos especialmente difíciles. Se sumergen en propuestas atrevidas y sienten la necesidad de explorar el mundo, su cuerpo y su propia capacidad de actuar en su entorno. Quieren ser protagonistas de su vida y saben que para ello necesitan aprender y están dispuestos a hacerlo. Pero exigen que lo que aprenden sirva a sus intereses concretos. Aprender es –sobre todo– un acto intencional: aprendo porque quiero. En este escenario la enseñanza es el arte de crear la intención de iniciar un proyecto, acompañarlo y apoyarlo con todas las herramientas de que disponemos para ello.

Frente a la cultura del esfuerzo alienante debemos abogar por la del placer de aprender. Seguro que estos son deberes que Eva Bailén –y como ella, cientos de familias y alumnos–, está dispuesta y deseosa de emprender.

juanjovergara.com

@juanjovergara

jnj.vergara@gmail.com

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