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«Cuando un niño se acostumbra a nivel...

«Cuando un niño se acostumbra a niveles de estímulos altos, reclama estímulos cada vez más rápidos e intensos y entra en una espiral de sobre estimulación» Catherine L'Ecuyer, investigadora y autora de varios libros sobre educación

  • 24-5-2019 | Wolters Kluwer |

    Lola Martínez Juan

  • Hablamos con Catherine L’Ecuyer sobre los niños, la educación y la estimulación temprana, el asombro y la realidad.
Portada

Lola Martínez Juan

Fundación Trilema

Nuestros niños, sobreexpuestos a estímulos necesitan volver a la base: una educación no es verdadera por ser innovadora, es innovadora por ser verdadera.

El exceso de fascinación por los dispositivos electrónicos hace que nuestros niños, sobrexpuestos a esos dispositivos, cada vez necesiten mayores dosis de estímulos para poder obtener satisfacción. ¿Podría ser algo así como cuando el cuerpo se acostumbra a un medicamento y hay que aumentar la dosis para que haga efecto?

No puedo compararlo con las medicinas porque no soy médico, pero puedo hablar de lo que vemos todos los educadores y los padres. Cuando un niño se acostumbra a niveles de estímulos altos, reclama estímulos cada vez más rápidos e intensos y entra en una espiral de sobre estimulación. ¿Por qué? La sobre estimulación embota al niño y le incapacita para sentir o percibir lo más lento y lo menos ruidoso. «Sentir» la realidad es una necesidad humana. Somos seres racionales, pero las ideas siempre entran por la vía de los sentidos. De ahí el reclamo del niño por estímulos cada vez más altos: necesita captar la realidad.

¿Supone esto un peligro?

La pérdida de la sensibilidad lleva a la apatía y a la hiperactividad. Cuando un niño no capta la realidad, su mente vagabundea en búsqueda de sentido y de retos que se ajustan a sus capacidades. La mente mariposea y no es capaz de enfocar la atención. Sin atención, no hay aprendizaje. En el ámbito interpersonal, la persona insensible es poco empática. La empatía es «sentir con» el otro. Sin esa sensibilidad, el niño difícilmente se pondrá en el lugar del otro y es más fácil que convierta a su entorno social en un medio para divertirse con el fin de encontrar alivio a su sed de «marcha».

¿Es una situación reversible?

Por supuesto. El cerebro es plástico. Es cuestión de revertir ese mecanismo, cambiando el entorno del niño por uno más lento y que respete sus ritmos. Cultivar la paciencia y la templanza, que son virtudes que hemos de recuperar porque son tan vigentes. El camino a la inversa es largo, difícil y lleno de zarzas. Pero vale la pena y a la larga da frutos.

¿Y por qué no lo hacemos?

Porque es más fácil y rápido el atajo. Es mucho más cómodo encender la tableta, tanto en casa como en el aula. Conseguimos alivio a la inatención y a la ansiedad y de repente, se hace un silencio mágico. Pero lo que hay delante de la pantalla, no es atención sostenida, es fascinación. Es un parche que tan solo acentúa el bucle.

¿Podríamos encontrar una relación entre el aumento de los diagnósticos de hiperactividad y déficit de atención con el ritmo frenético de pantallas y efectos 3D a los que están sometidos los niños?

No soy neuróloga, por lo que no puedo valorar las causas del TDAH. Pero hay estudios -justo salió uno la semana pasada- que asocian el consumo de pantallas en edades tempranas con el déficit de atención. Cuando la mente se acostumbra a niveles de estímulos altos, luego pide más y cuando el entorno no se lo da, se aburre.

Usted es canadiense. ¿Qué diferencias fundamentales encuentra entre el sistema educativo español y el canadiense?

Es difícil de lanzarse a comparar, porque no hay uniformidad en todo el sistema educativo canadiense; es un tema que está muy descentralizado, depende de cada provincia. Lo que podría decir quizás, y le ruego que no escoja esa frase de titular (risas), es que en Canadá, la educación es algo menos ideologizada o politizada que aquí.

¿Qué podríamos implementar del sistema canadiense en España?

La mentalidad científica, sin duda. Los profesores y los gobiernos están muy pendientes de las evidencias respecto a los métodos educativos. En general, hay una cultura de rendición de cuentas muy fuerte, porque la cultura legal es omnipresente. Se investiga muchos con grupos de control y el resultado de la investigación tiende a llegar al aula. Creo que eso es una asignatura pendiente en los países latinos en general; ayudaría a centrar el debate y a reducir, por un lado la influencia de la dimensión ideológica o partidista, y por otro lado la cantidad de dinero que se invierte en marketing educativo en los colegios concertados. El marketing educativo confunde a los padres.

¿Hay algo de nuestro sistema educativo que podría ser «exportable» a otros países?

En general, los latinos son más cálidos que los canadienses. Diría que España destaca por la calidez en las relaciones interpersonales, que son tan importante en el proceso educativo, sobre todo en las primeras etapas. Por ejemplo, en muchos ambientes educativos canadienses, está prohibido que un profesor anime al alumno con una palmada, o incluso le abrace si se hace daño o llora. Las relaciones humanas en América están muy «legisladas», principalmente por miedo a denuncias. Esa diferencia cultural se ve muy bien reflejada en la excelente película, El profesor Lazhar, que recomiendo, por cierto. Pero no podemos hablar de «exportar» el rasgo de la calidez española, porque es parte de la cultura. De hecho, hay que tener mucho cuidado a la hora de comparar sistemas educativos…

¿Por qué?

Pues gran parte de lo que se compara es cultura, y la cultura es el resultado de siglos de historia… y esa variable no se cambia por decretos-ley o reformas. En educación, la ingeniería social puede salir muy cara, porque no tiene en cuenta la identidad histórica y cultural de las personas. Ojo que no estoy hablando en claves políticas, hablo ahora en claves antropologías, aun que no estaría de más que los políticos lo tengan en cuenta...

Su bestseller, Educar en el asombro (24ª edición), publicado en ocho idiomas, nos proporciona una serie de claves para entender que el aprendizaje de los niños pasa por las relaciones con humanos.

En educación, trasmitimos lo que somos. Damos mucha importancia a las palabras, y no es que no la tengan. Pero lo que decimos solo es una pequeña parte de lo que transmitimos. Sobre todo, en la etapa Infantil. Durante esos años, los niños no entienden de grandes explicaciones porque aun no tienen desarrollado el pensamiento abstracto. Lo que deja en ellos una huella es lo que ven, que oyen, que tocan, sienten, a través de los 5 sentidos. Mordisquear una fruta, tocar la hierba húmeda, observar una sonrisa agradecida cuando comparten, captar una mirada triste cuando alguien falta al respecto… Son esas experiencias que forman su memoria biográfica que construye su sentido de identidad. No es un proceso pasivo, porque los niños interactúan con su entorno, pero el entorno es clave para su educación.

¿Qué es asombrarse?

Asombrarse es «no dar el mundo por supuesto», ver todo como un regalo. El fruto del asombro es el agradecimiento. Para los niños, no hay milagros, es que todo es un milagro. El sol, la luna, una piedra, la generosidad de un amigo, todo es un regalo para ellos porque estrenan el mundo como si fuera por primera vez. Como decía Chesterton, «en cada una de esas deliciosas cabezas se estrena el mundo como se hizo el séptimo día de la Creación».

¿Es necesario que el educador sea asombrado para que el niño se asombra?

Por supuesto. Decía Rachel Carson que «los niños se asombran en compañía de un adulto que se asombra junto a ellos». Cuando un niño encuentra un caracol en un parque, lo primero que hace es llevárselo al adulto, porque los niños triangulan continuamente entre el entorno y las personas que les cuidan, con las que tienen un vínculo de apego seguro. Si el adulto tiene una actitud de indiferencia hacia el caracol, el niño también la tendrá. Si el adulto se asombra, entonces el niño será fortalecido en su actitud de descubrimiento e irá a por más caracoles.

El ejemplo es muy importante…

Para lo bueno y para lo malo. Decía Robert Fulghum, «no te preocupes porque tus hijos no te escuchan, te miran todo el día». Cuando hay cinismo en la mirada de un niño, no hay que ir muy lejos para encontrar la causa. Los niños observan e imitan lo que ven. A veces nos echamos las manos a la cabeza porque dicen palabrotas. Ellos no las inventan, y tampoco se las enseñan en la pizarra en clase. Pero ellos miran a los adultos que están con ellos a lo largo del día y repiten lo que oyen.

Siempre se habla de la importancia de remar en la misma dirección en el colegio y en casa. ¿Cómo se consigue eso?

Eso se consigue cuando ambos ámbitos entienden la educación de la misma manera. ¿Podemos tener un sistema educativo uniforme que recoja todas las sensibilidades de todos los padres y maestros? Esa es una cuestión actual. Pero no es nueva, la formularon los pedagogos desde siempre. Claparède, uno de los representantes de la Escuela Nueva del siglo XX, decía que era difícil conseguir ese consenso, porque detrás de cada propuesta educativa, siempre hay una filosofía subyacente. La educación nunca es completamente neutra. Obviamente, tiene que haber una base de consenso. Pero yo estoy a favor de un cierto margen de pluralidad educativa. Por ejemplo, hay muchas formas de entender la educación: hay educadores conductistas, constructivistas, hay educadores más tradicionales, o que parten de la educación más clásica. El principal problema surge cuando las familias y los colegios tienen visiones distintas respecto al estilo educativo. Entonces eso causa conflictos y disonancia en la mente del alumno.

¿Cómo identificaría la forma de entender la educación de un colegio concreto?

Una cosa es lo que dice el ideario. Otra cosa es lo que se hace en el colegio en el día a día. Si el ideario defiende la educación personalizada, pero luego el colegio tiene ratios de 30 niños por aula en educación infantil, pues el ideario es un golpe de marketing, no es real. Si el ideario dice que el colegio respeta los ritmos del alumno y da importancia a la curiosidad y al asombro en la etapa infantil, pero luego usa tabletas, fichas y «bits» en esa etapa, pues el ideario es otro golpe de marketing. Dime que haces y en qué inviertes recursos y te diré quien eres.

En muchos casos se mezclan métodos. ¿Qué piensa de eso?

No me parece mal mezclar métodos si lo que estamos mezclando es complementario y tiene sentido entre sí y para la etapa educativa en cuestión. No siempre es el caso. Hay que tener en cuenta que estamos actualmente en un contexto de dialéctica infértil entre la instrucción directa y el aprendizaje por descubrimiento, entre el conductismo y el laissez-faire, entre la importancia de la razón y de la dimensión sensorial y, entre el aprendizaje pasivo y activo. Es preciso encontrar caminos nuevos que se salgan de las falsas retóricas que encierran esas dialécticas. Por ejemplo, no podemos confundir pasividad con inactividad física. Un niño que está prestando atención sostenida leyendo un libro es un niño activo, mientras que un niño que está practicando la multitarea entre varias pantallas puede estar fascinado, pero no está necesariamente prestando atención de forma sostenida. La fascinación es pasiva, no activa. Ahora bien, no es lo mismo estar al remolque de los estímulos de una tableta con 3 años que estar trabajando con una hoja Excel con 18 años. La educación ha de salirse de la dialéctica de «lo viejo» y «lo nuevo» y tomar las riendas de sí misma con fundamento. Para ello, es preciso volver a los fines de la educación. Si no hacemos eso, seguiremos entregados a la novedad como valor en sí y al eclecticismo educativo como escaparate de una pedagogía a merced de las modas y de los intereses económicos y políticos, no del niño.

En su libro «Educar en la realidad» (9 ediciones) hay una frase que de inmediato, induce a la reflexión: «El buen desarrollo de un niño no depende de la cantidad de información que asimila, sino la atención afectiva que recibe». Esto se trasmite en casa, principalmente, pero ¿no es importante también en la escuela cuando existe una educación «entre iguales»?

Creo que esa frase pertenece al capítulo en el que hablo de apego. El apego es un vínculo de confianza que se desarrolla a base de atender a tiempo las necesidades básicas del niño a lo largo de sus primeros años de vida. Por lo tanto, hay que ubicar esa frase en el contexto preescolar y en ese contexto, las relaciones entre iguales no son demasiado importantes (por mucho que nos hayan intentado convencer de lo contrario). Es más, hasta los 3 años, los niños suelen jugar en paralelo, y eso no es algo que debe corregirse forzándoles a «cooperar». Trabajan para lograr por sí mismos algo que les hace «construirse» a sí mismos. No están volcados hacia fuera, hacia la vida social o la realización de trabajos externos. Hay que tomarlo en cuenta, porque a veces tendemos a «forzar» esa interacción social en esas edades y no es conveniente hacerlo. La base de las futuras relaciones sociales del niño nace de la calidad del vínculo seguro que tiene el niño con su principal cuidador. La necesidad de escolarizar al niño desde la cuna para socializarle es un mito. La primera socialización del niño ocurre cuando su mirada se hunde en la de su madre mientras esta le da el pecho o el biberón.

¿Y el padre?

Los estudios confirman que el vínculo de apego puede ocurrir también con el padre, si es el padre que responde a sus necesidades básicas durante los primeros años.

¿La estimulación temprana, de la que tanto se habló en pasado es un error?

La estimulación temprana está condenada por ‘Neurology’, por la Academia Americana de Pediatría y por varias asociaciones profesionales desde el año 1967, tanto en niños con daños cerebrales como en niños que no los tienen. Nunca ha dado resultados en pruebas con grupo de control y está fundamentada en una teoría neurobiológica obsoleta (la recapitulación). En España, hemos vendido la estimulación temprana como una innovación educativa a lo largo de los últimos 40 años en muchos colegios privados y concertados. Y muchos de los colegios que usaron ese método han estado y siguen estando en los rankings de colegios más valorados de nuestro país.

¿Por qué?

Porque son rankings elaborados por periodistas que contemplan indicadores que no son educativo-científicos. La mentalidad científica es clave. Una educación no es verdadera por ser innovadora, es innovadora por ser verdadera.

Catherine L’Ecuyer es canadiense, afincada en Barcelona y madre de 4 hijos. Es máster por IESE Business School y máster Europeo Oficial de Investigación. La revista suiza Frontiers in Human Neuroscience publicó el artículo, The Wonder Approach To Learning, que convierte su tesis en una nueva hipótesis/teoría de aprendizaje. En 2015, recibió el Premio Pajarita de la Asociación Española de Fabricantes de Juguetes por promocionar la cultura del juego en los medios de comunicación. Fue invitada como ponente ante la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados de España, asesoró al Gobierno del Estado de Puebla en México para una reforma de la educación infantil, formó parte de un grupo de trabajo para el Gobierno de España sobre el uso de las tecnologías entre menores y participó a un informe sobre la lectura digital para el CERLALC, del UNESCO. Es investigadora y autora de varios libros y artículos sobre el tema de la educación, entre ellos Educar en la realidad (9ª edición), sobre el uso de las nuevas tecnologías en la infancia y en la adolescencia, y Educar en el asombro (24ª edición), publicado en ocho idiomas y considerado «bestseller educativo de los últimos años» según la revista Magisterio. Su blog lleva más de un millón de visitas, colabora actualmente con el grupo de investigación Mente-Cerebro de la Universidad de Navarra y es articulista para El País.

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