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Del abandono escolar a abandonarse en...

Del abandono escolar a abandonarse en el aprendizaje

Escuela, Sección Con distintas voces, Semana del 20 al 26 Oct. 2016, Editorial Wolters Kluwer

  • Juan José Vergara Ramírez
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Juan José Vergara

Experto en innovación

juanjovergara.com/@juanjovergara/facebook.com/aprendoporquequiero

Este verano tuve la ocasión de participar en un curso organizado en la UIMP sobre abandono escolar. La invitación iba asociada a una pregunta: ¿Qué estrategias metodológicas pueden resultar exitosas para reducir el abandono escolar?. O lo que es lo mismo; ¿qué podemos hacer dentro de las aulas para enfrentar este problema?. Para esta última pregunta se me ocurren dos cosas desde el ámbito de los métodos de enseñanza:

La primera es dejar de tratarlo como un problema. El abandono escolar no es un problema; es solo la manifestación visible de lo que realmente es el problema: la desconexión absoluta que sienten decenas de alumnos con los contenidos que deben devorar día tras día en sus clases y su realidad inmediata y sus intereses cotidianos.

La segunda, la absoluta desconexión que existe entre lo que sucede en las aulas y lo que pasa fuera de ellas. O dicho de otra forma; cuando un alumno trabaja dentro de su aula siente que –en el mejor de los casos- está viviendo un simulacro de la realidad. Sabe perfectamente que lo que es real está fuera de la escuela.

Hace algunos años pude asistir a un fantástico caso de éxito escolar. En un barrio empobrecido de mi ciudad existía –como en tantas otras- un importante número de familias que vivían en infraviviendas y que el ayuntamiento de la época decidió derrumbar. El colegio de la zona acogía una buena parte de los niños y niñas que allí vivían. Un día me contaba una maestra del centro que había una familia que estaba viviendo en su furgoneta. Su casa había sido derruida y sus diez miembros dormían en el vehículo que el padre utilizaba cada mañana para trabajar recogiendo metal, papel o cualquier cosa que pudiera vender al peso.

Cada mañana uno de sus hijos salía de esa furgoneta, aparcada cerca de la escuela, y entraba en las clases de esta maestra. Allí desayunaba. La puerta estaba abierta también para sus padres que colaboraban activamente en organizar el desayuno de los niños y la maestra sabía que la actuación de éxito más valiosa que podía hacer era un acto sencillo: abrir la puerta. También sabía que el proyecto educativo más importante del centro era asegurar esos desayunos.

¿Cómo conseguir que los alumnos se abandonen al aprendizaje?. Está pregunta tiene muchos ángulos de análisis, pero quizá el más relevante es entender que no es la escuela la que educa. Quién realmente educa es la comunidad dónde se encuentra. Hacer esta afirmación tiene algunas consecuencias en los métodos de enseñanza:

El aprendizaje debe servir a los intereses concretos de los alumnos. Debe hablar de sus vidas, de su realidad. De todo aquello que vive día a día. De lo que ve en la televisión, en Internet, en su barrio, en sus familias y en su grupo de amigos. No se trata de motivar al alumno con malabarismos metodológicos; se trata identificar los intereses y necesidades reales de los aprendices.

Lo que se aprende debe tener una utilidad práctica e inmediata. Los beneficios del aprendizaje no pueden situarse sistemáticamente en el futuro. Los alumnos viven en el presente y lo que aprenden debe servirles para habitarlo.

Quién educa es la comunidad. La escuela es parte de ella y como tal debe integrarse efectivamente en la vida del entorno dónde se encuentra. Los contenidos de enseñanza están en las aceras que la rodean, las personas que allí viven, las profesiones, los problemas, acontecimientos. También los deseos y aspiraciones que persiguen como grupo humano.

Una buena parte del tiempo de trabajo de los docentes debe ser vivir la comunidad dónde trabajan. Establecer redes, incorporarse a proyectos comunitarios o emprender otros nuevos son tareas profundamente educadoras.

Las escuelas de éxito integran en el trabajo escolar el servicio a la comunidad, la participación ciudadana y la flexibilización de sus equipos de trabajo incorporando todo tipo de agentes comunitarios y profesionales de distinto tipo.

En una comunidad educadora no existe el abandono escolar sencillamente porque allí el aprendizaje no dibuja fronteras con los muros de una escuela. Nadie abandona el aprendizaje. Sin duda este sólo es uno de los muchos ángulos desde los que puede tratarse este asunto: quizá sería interesante explorarlo. Quienes lo están haciendo demuestran la efectividad de este enfoque.

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